José llegó a Ecuador de vacaciones hace nueve años. Tenía un pequeño proyecto, algo que alguien le había propuesto. Pensaba recorrer Perú, inspirarse, y regresar a España para abrir otro restaurante. Pero en el camino, mientras buceaba cerca de las playas de la costa ecuatoriana, vio algo que lo cambió todo: seis especies de pargo en un mismo día. Descubrió que Ecuador tenía una variedad de pescado salvaje que en Europa es prácticamente inalcanzable. Hoy, diez años después, Nuum —su restaurante en Quito— acaba de ganar el premio al mejor restaurante del país. No es un premio menor. Es la certificación de que José vio algo que los ecuatorianos no estaban viendo: una oportunidad gastronómica que estaba ahí, ignorada, esperando.
La historia de Nuum no comienza en una cocina. Comienza en una decisión de diseño. Cuando José decidió abrir el restaurante, tenía un presupuesto muy limitado: cinco socios, cada uno aportó alrededor de $5.000. La arquitecta que contrató era Verónica, una mujer que después se convirtió en su esposa. En ese momento, mientras la obra avanzaba lentamente, el restaurante estaba casi muerto: faltaban cosas, no había suficiente dinero. José, sin embargo, tenía una exigencia clara: que la cocina fuera el corazón del lugar. No un espacio secundario, escondido. Sino el centro. El alma.
La cocina como centro de atención
José diseñó la cocina como si fuera el corazón de un estadio de fútbol. Es decir: un espacio donde la acción sucede a la vista de todos, donde cada movimiento es visible, donde la conversación entre cocineros es pública. Desde cualquier mesa del restaurante, los clientes pueden ver lo que sucede. Eso no es un detalle de diseño menor. Es una decisión editorial sobre qué es lo importante en una experiencia gastronómica. No es la decoración. No es el menú impreso. Es el trabajo, el dominio, la seguridad con la que un chef abre un pescado o prepara un plato.
Cuando observas a un chef trabajar con esa confianza —la misma confianza que tienen empresas como Luis Maldonado y su vaca vieja andina— descubres que el control es lo que da paz. La cocina central no es un acto de vanidad; es un acto de responsabilidad.
Pero José no paró ahí. Mientras la obra avanzaba, sucedió algo. El menú que había planeado durante dos meses, mientras dibujaba y escribía y escribía, nunca se usó. Dos días antes de la inauguración, no llegó toda la cocina. Su primera reacción fue retrasar la apertura una semana. Pero Verónica, que en ese momento era solo la arquitecta, le dijo: “Abre, abre con lo que tengas. Cuéntale a todos los clientes qué hay, y de esa manera puedes abrir hoy”. Él lo hizo. Y le gustó. Mucho.
Sin menú: la flexibilidad como estrategia
Decidió seguir así. Lo más fresco que tuvieran en ese momento, lo mejor que tuvieran disponible, eso iba a la mesa. Es la dinámica de casa de abuela: tu abuela abre la alacena, ve qué hay, y te prepara lo mejor que puede con eso. No hay menú. No hay sorpresas desagradables. Solo flexibilidad.
Esa decisión transformó la experiencia. Ahora hay clientes que piden solo un par de ceviches y una cerveza. Otros piden un menú de degustación. Algunos le dicen “ponme lo que quieras, quiero comer de todo”. Otros piden una buena carne y un vino. Cada cliente define su propia experiencia. La ausencia de menú no es un problema operativo: es una propuesta de confianza. El cliente no paga por una promesa impresa. Paga por lo que José decide hoy que es lo mejor.
Esa flexibilidad se extiende a la presentación. Los platos no salen simétricos. No están diseñados para caber en una caja. Fue así como descubrió que un plato pequeño, que parecía un error —una proporción equivocada, una idea fallida— terminó siendo perfecto para un ceviche. El plato era pequeño, pero el ceviche que José preparó para ese plato fue extraordinario: agua de uvilla y jengibre, aceite de cedrón, granita de manzana verde. No fue que hizo el ceviche y luego buscó el plato. Fue que el plato llegó primero, y la cocina se complicó la vida para que funcionara.
La verdadera sofisticación no es cumplir un plan perfecto. Es adaptarse a las limitaciones y convertirlas en ventaja.
De mercado de Alicante a las costas de Ecuador
Lo que pocos entienden es por qué José entiende de pescado. No fue porque decidió convertirse en chef. Fue porque su padre lo llevaba todos los fines de semana, religiosamente, al mercado de Alicante. Iba a pescar. Vivía cerca del mar. A los cinco de la mañana, su padre lo arrastraba a un pueblo llamado Denia para que viera llegar los barcos con gambas frescas. Más de cien veces. Su padre le enseñaba qué pescado comprar, cuál no. Esa obsesión por la calidad y la variedad no nació en un libro. Nació en un mercado español, un viejo mirando un pescado y decidiendo que era lo suficientemente bueno.
Cuando José llegó a Quito, después de casi una década de viajes y pequeños negocios, lo primero que vio fue la mediocridad. Los restaurantes ecuatorianos servían corbina y atún (que ni siquiera es atún, es albacora). Nada más. Cuando él buceó en las playas, descubrió lo que los restaurantes no aprovechaban: pargo salvaje, sierra, lenguado, bacalao, langostino de Anconcito. El Pacífico cercano a la Corriente de Humboldt tiene aguas más frías. El animal tiene más grasa. El producto es mejor. Simplemente, nadie lo estaba usando.
Su primera conclusión fue ingenua y brillante a la vez: “No es que el Pacífico no tenga buenos pescados. Es que no hay variedad.” Se equivocaba. No era falta de variedad. Era falta de alguien que mirara. Encontrar oportunidades no es inventarlas. Es estar lo suficientemente atento para verlas cuando otros no las ven.
El arte de la improvisación controlada
En un restaurante normal, la improvisación es un riesgo. En Nuum, es el modelo de negocios. Luis, uno de sus socios, abre tantos pescados a la semana que bromeando dice que teme que alguno se venga a vengar. Perfila pescados como si fuera un cirujano. Cuando llega un cliente, nadie abre un menú preestablecido. El equipo improvisa. Algunos platos salen cuando el cliente ya está sentado. A veces sale bien. A veces, muy bien. Una sola vez, en todos los años, un cliente de siete años de antigüedad le dijo a José que un ceviche no le había gustado. Tres semanas después, el mismo cliente volvió, pidió lo mismo, lo probó, y dijo: “Espectacular, no lo quites del menú”.
La improvisación controlada funciona porque hay tres capas de seguridad debajo. Primero: el dominio absoluto sobre el producto. Segundo: la comunicación constante entre cocineros. Tercera: el criterio para saber cuándo algo falla y hay que ajustar. No es suerte. Es arquitectura.
En cuanto a las bebidas, José rompió otra regla. Los peces siempre van con vino blanco. Mito completo. En Nuum hay clientes que piden vino tinto con mariscos, y el chef dice que está bien. Algunos experimentos salen mal. Pero la mayoría sale extraordinario. Eso es lo que distingue a un restaurante que gestiona el riesgo de un restaurante que lo evita.
Cuando Ecuador mira lo que tiene
Lo que José vio que los ecuatorianos no veían es también lo que menciona una mañana mientras desayuna y piensa en sus vinos favoritos. Menciona Castillo Ygay, un vino de La Rioja que es de lujo. Menciona ecuatorianos como Tomás Carlos, vinos de playas. Menciona a Robert Wright de la bodega Dos Hemisferios, que hace un vino llamado Enigma premiado en el mundo, hecho en Ecuador, en donde le decían que no era posible. La afortunada historia que se repite en Ecuador es que tiene que venir un extranjero a darse cuenta de que está sentado en una mina de oro.
José es ese extranjero. Pero lo que hace no es una crítica al Ecuador. Es una invitación. Dice que su cocina ha evolucionado un 1000% desde que llegó. Le agradece al país la sazón, la manera de adobar, de marinar. Los ecuatorianos saben algo que los españoles tuvieron que aprender lentamente: la alegría de la cocina. No es tecnicismo. Es sabor que pega, que alegra, que transforma.
La evidencia está en los premios. Ganó el mejor restaurante del país. Ganó mejor cocina ecuatoriana contemporánea. Cuando subió al escenario, José dijo algo que merece atención: “Ahora hay que seguir y más fuerte aún. Más que un premio, es una responsabilidad.” No dijo “lo logré”. Dijo que los clientes, las personas, lo habían galardonado como embajador de la comida ecuatoriana. Y eso merece respeto enorme.
Cuando desee profundizar en cómo funciona la mente de alguien que mira oportunidades donde otros no ven nada, en cómo construye sistemas que parecen caos pero son precisión, y cómo Ecuador atrae a gente que ve su potencial mejor que los que nacimos aquí.
Compartimos clips exclusivos de estas conversaciones que no caben en el video completo.
Nuum no es un restaurante porque José decidió que quería un restaurante. Es un restaurante porque un padre español llevó a su hijo al mercado hace cincuenta años, porque ese hijo notó una corriente marina que otros ignoraban, y porque tuvo la confianza de complejizarse la vida cuando lo fácil habría sido conformarse. Esa es la lección real: no se trata de tener más capital, ni de tener un plan perfecto. Se trata de poner en el centro lo que importa realmente, y de tener el criterio para seguir ahí, mejorando, sin miedo a la improvisación.