Había un terreno plano justo al frente. Más barato, más simple, sin riesgos de construcción. Todo apuntaba a construir ahí. En cambio, el arquitecto Paul Vázquez y sus clientes decidieron subir la montaña: el terreno más complicado del sector de Chaullabamba, en Cuenca.

La decisión no tenía una lógica financiera evidente. Construir en pendiente cuesta más, complica cada plano y multiplica los problemas técnicos que un terreno plano jamás tendría. Pero el resultado, ya con la casa en pie, es la razón por la que Nicolás Muñoz decidió recorrerla para Inmuebles que Impactan.

Esta no es una casa que se impuso sobre el terreno. Es una casa que se acomodó a él, y esa decisión de origen explica casi todo lo que viene después.

La topografía como punto de partida, no como obstáculo

La montaña no se disimula: se usa. Vázquez lo resume así: “la topografía nos obligó a romper la casa”. En vez de resolver el desnivel con un solo bloque compacto, el proyecto se organiza en plataformas distintas que van subiendo con el terreno. El área social queda en un nivel, los dormitorios se desplazan hacia atrás en la planta alta, y el sótano se convierte en el punto más bajo de la construcción.

El efecto es que la casa, vista de frente, parece tener un solo piso. Solo desde un ángulo específico se revela que en realidad son tres. Es una decisión de diseño deliberada: en vez de exhibir la escala del proyecto, la esconde y la deja para quien sabe mirar.

La casa no se construyó a pesar de la montaña. Se construyó gracias a ella.

Convertir un problema estructural en el argumento del diseño

Todo terreno en pendiente necesita muros de contención, y todo muro de contención es, para un cliente, una mala noticia: cuesta dinero y normalmente no aporta nada a la experiencia de la casa. Vázquez tomó esa pieza obligatoria y la convirtió en protagonista. “Cuando le dices muro de contención a tu cliente dice costos. Aquí lo convertimos en una de las paredes del edificio”, explica, y ese mismo muro terminó marcando el límite de uno de los jardines interiores.

La misma lógica se repite con el jardín tradicional, que en un terreno de montaña parecía condenado a desaparecer. En lugar de eso, se transformó en una serie de patios distribuidos en los distintos niveles de la casa: patios secretos en planta baja, jardines de contemplación en el sótano, salida directa a jardines desde los dormitorios en planta alta. El resultado, según Vázquez, es que “desde toda la casa siempre vas a ver paisaje”.

Los patios no son solo estética. También cumplen una función térmica: ayudan a regular el clima interior al punto de que la casa no necesita calefacción, aunque el efecto tuvo una consecuencia inesperada, ya que en época fría terminó siendo más calurosa de lo previsto por la cantidad de luz y aire que entra por esos espacios abiertos.

Materiales que cuentan una historia, no solo que se ven bien

El recorrido por la casa muestra una mezcla deliberada de texturas: ladrillo visto, paneles de PVC que imitan un acabado neoclásico, papel tapiz vinílico de inspiración hotelera, hierro forjado hecho a mano. Ninguno está ahí por moda. La puerta de entrada, por ejemplo, es de hierro y vidrio, hecha por un artesano metalúrgico, y solo se abre a la mitad: la otra mitad quedó integrada al jardín.

El papel tapiz vinílico que cubre varias paredes tiene un origen práctico: viene del mundo hotelero, imita textiles como el lino, y su componente plástico permite limpiarlo con un trapo húmedo, algo que una pared pintada no resiste igual. Vázquez es claro en que el costo no es distinto al de un papel tapiz convencional, lo que desmonta la idea de que ese acabado es un lujo innecesario.

El hilo conductor de toda la decoración es el ladrillo, presente en distintas proporciones en cada ambiente. Es la decisión que, según Vázquez, permite que la casa “tenga algún conductor, un hilo que te lleve y que sepas en dónde estás”, incluso cuando cada habitación tiene una personalidad propia.

Diseñar para la vida real, no para la foto

Buena parte del recorrido revela decisiones pensadas para quienes realmente van a vivir ahí, no para una sesión de fotos. La casa tiene niños pequeños y dos bulldogs, así que cualquier ventana con riesgo de caída quedó bloqueada, y el mantenimiento se resuelve con escaleras exteriores en vez de accesos internos.

El baño principal resuelve un problema doméstico concreto: dos personas con horarios similares que necesitan usar el espacio al mismo tiempo. La solución fue separar la ducha y el inodoro en compartimentos independientes, cada uno con su propia puerta, para que ambos espacios funcionen en simultáneo. Vázquez lo plantea como una solución replicable para “parejas jóvenes que tienen similitud en horarios”, no como un capricho de esta casa en particular.

Los dormitorios de los niños, ubicados en la parte de atrás de la planta alta, tienen salida directa a jardines gracias a la topografía, algo que en un terreno plano habría sido imposible en un segundo piso. El cuarto de juegos y la habitación de bebé están pensados con la misma lógica de proyección a futuro: hoy son espacios de juego, pero las instalaciones ya están dejadas para que, con los años, se conviertan en dormitorio principal o en estudio.

Detalles que resuelven fricciones que casi nadie nota

Hay una serie de decisiones pequeñas que solo se notan cuando fallan en otras casas. Las puertas se hicieron sin dintel, desde el piso hasta el techo, porque eso hace que los espacios se perciban más grandes. Los tomacorrientes para la televisión se instalaron en el piso, no en la pared, porque detrás de esa pared hay vidrio y no había dónde más ponerlos.

Sobre las cortinas, Vázquez es enfático en un punto que cualquiera con ventanales grandes reconocerá: bajar cortina por cortina manualmente es un problema real, y con vidrios de este tamaño lo recomendable es automatizar al menos el blackout. Es una recomendación práctica, no una tendencia decorativa.

Ninguno de estos detalles se nota en una primera visita. Se notan cuando llevas seis meses viviendo ahí y todo sigue funcionando.

La duda inicial que termina siendo la mejor decisión

Vázquez cuenta que sus clientes confiaron en el diseño de interiores incluso cuando, al principio, dudaban del resultado. “Al principio dudan, pero ya cuando está listo queda realmente bien”, resume. Es la misma lógica que explica la decisión de origen: elegir el terreno más difícil en vez del más fácil, apostar por un proceso más largo y más incierto porque el resultado final lo justifica.

Esa tensión entre la decisión cómoda y la decisión correcta es la misma que enfrenta cualquiera que construye algo, no solo una casa. Si te interesa pensar con más criterio ese tipo de decisiones difíciles, en Personas Que Impactan (PQI) Nicolás conversa sobre los libros que le han ayudado a tomar mejores decisiones como empresario: desde The Hard Thing About Hard Things y las lecciones sobre enfrentar los problemas inevitables de emprender, hasta El patrón Bitcoin y La psicología del dinero para pensar distinto sobre inversión y largo plazo.

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Nada en esta casa parece casual, y esa es la parte que vale la pena rescatar. La montaña no se ocultó, se usó. El muro de contención no se disimuló, se convirtió en pared. El jardín que parecía imposible en una pendiente se resolvió como una serie de patios distribuidos en tres niveles.

Cada decisión incómoda del proyecto —el terreno más difícil, los muros que iban a costar más, la topografía que obligó a romper la casa en plataformas— terminó siendo la que le dio identidad al resultado final. La ruta fácil habría producido una casa correcta. La ruta difícil produjo una casa con criterio.

Al final, la pregunta que deja este recorrido no es qué materiales usar o qué tendencia seguir, sino qué tan dispuesto está uno a construir sobre el terreno complicado cuando el fácil está justo enfrente.